Hay una sensación que se repite cada septiembre. La de volver a empezar. Se retoman reuniones, se recuperan rutinas, vuelven los proyectos y la agenda empieza a llenarse otra vez. Parece el inicio de un nuevo ciclo, una especie de segundo enero en el calendario empresarial. Sin embargo, para una empresa, septiembre no representa un comienzo. Representa algo mucho más interesante: el último gran margen para decidir cómo quiere terminar el año. Y esa diferencia cambia completamente la forma de mirar este mes.
Es habitual pensar que las decisiones importantes se toman en diciembre. Cuando llega el cierre del ejercicio aparecen las prisas, las previsiones, las reuniones de última hora y la sensación de que todavía queda tiempo para ordenar números o replantear la estrategia. La realidad suele ser otra. Cuando diciembre llega, muchas decisiones ya no pueden cambiarse. Los resultados empiezan a estar escritos y el margen de maniobra es mucho menor de lo que parece. La planificación fiscal, la rentabilidad del negocio, las inversiones o la organización del equipo no se improvisan en las últimas semanas del año. Se construyen mucho antes.
Por eso septiembre tiene un valor especial. Es el momento en el que todavía es posible levantar la vista y analizar la empresa con cierta perspectiva. Revisar si los objetivos marcados al inicio del ejercicio siguen teniendo sentido, comprobar cómo ha evolucionado la rentabilidad, identificar qué áreas están funcionando y cuáles están absorbiendo más recursos de los que devuelven. También es un buen momento para hacer una pregunta que pocas veces aparece en el día a día: ¿estamos terminando el año que queríamos construir o simplemente estamos dejando que ocurra? Porque muchas empresas trabajan intensamente durante meses sin detenerse a revisar si ese esfuerzo está generando el resultado esperado. La actividad no siempre equivale a progreso.
Y septiembre ofrece algo que el resto del año escasea: tiempo suficiente para corregir antes de que sea demasiado tarde. Desde un punto de vista empresarial, este es el momento de revisar mucho más que la contabilidad. Conviene analizar la tesorería prevista para los próximos meses, estudiar si existen inversiones que merece la pena adelantar, preparar el impacto de los impuestos que llegarán en el último trimestre y comprobar si la estructura de la empresa sigue respondiendo a las necesidades actuales. Pero, sobre todo, es el momento de revisar las decisiones. Porque una empresa rara vez cambia por un gran acontecimiento. Cambia por pequeñas decisiones acumuladas que, tomadas con tiempo, terminan teniendo un efecto enorme.
Esperar al cierre del ejercicio para pensar en ellas suele significar llegar tarde.
Las empresas que terminan bien el año no suelen ser las que reaccionan más rápido en diciembre. Son las que utilizan septiembre para anticiparse. Para hacer preguntas incómodas. Para revisar aquello que durante meses nadie ha tenido tiempo de mirar. Y para tomar decisiones cuando todavía pueden cambiar el resultado.
Quizá esa sea una de las grandes diferencias entre gestionar una empresa y dirigirla. Gestionar consiste, muchas veces, en responder a lo que ocurre. Dirigir implica detenerse de vez en cuando para decidir qué debería ocurrir después. Y septiembre, probablemente, sea el mejor momento del año para hacerlo.